La tierra se abrió en dos el pasado 24 de junio y Venezuela quedó marcada por una cicatriz que no se borra con el tiempo. En la redoma de Palmasola, una grieta en el asfalto obliga a los conductores a desviarse hacia la autopista Cimarrón Andresote. Es más que un obstáculo vial: es un recordatorio de que allí confluyen las fallas de Boconó y San Sebastián, responsables de algunos de los terremotos más devastadores de la historia nacional. Ese día, ambas se activaron para producir un fenómeno poco común: un doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5, con 39 segundos de diferencia.

La devastación fue inmediata. Caracas y, sobre todo, La Guaira, se convirtieron en escenarios de ruina. Hasta el 14 de julio se contaban oficialmente 4.561 muertes, aunque el saldo final se presume mucho mayor, por su parte el número de heridos es de 16,740, y mas de 20 mil personas damnificadas. El epicentro del sismo principal, según el Servicio Geológico de Estados Unidos, se ubicó cerca de Yumare, un pueblo rural del estado Yaracuy. Allí, paradójicamente, las casas permanecieron casi intactas. El contraste era brutal: mientras en la capital y el litoral se derrumbaban edificios, en Yumare apenas se desplomó una pared de un templo evangélico que hirió a una niña.

El sismólogo Michael Schmitz explicó que la ruptura inicial se dio en Yumare, pero se extendió a lo largo de 200 kilómetros de la falla de Morón-San Sebastián, hasta golpear con furia en La Guaira. “Si bien el epicentro donde se inicia todo está en Yumare, realmente el terremoto ocurrió en La Guaira”, afirmó. La explicación técnica no alivia el desconcierto de los pobladores, que se enteraron 12 horas después de que habían sido el epicentro, porque no tenían luz ni internet.

En El Guayabo, otro poblado de Yaracuy, los daños fueron más visibles: tres viviendas se desplomaron, entre ellas una casa de barro donde milagrosamente sobrevivieron una bebé, una niña y su abuelo. En San José de Urama, Carabobo, la tragedia fue mayor: varias casas sucumbieron y dos niñas murieron bajo los escombros. Los vecinos reclamaban la ausencia de las autoridades, mientras policías improvisaban entregas de víveres en medio del dolor.

Las labores de búsqueda y rescate en el conjunto residencial y hotel La Mar Suites, situado frente a las costas de Tucacas, han confirmado hasta el momento el hallazgo de 11 cuerpos sin vida entre los escombros de la edificación.

La ruta del desastre alcanzó la costa de Falcón. Tucacas, ciudad turística y puerta de entrada al Parque Nacional Morrocoy, se convirtió en una réplica a menor escala de La Guaira. Una de las torres del complejo hotelero La Mar Suites colapsó. Allí, la escena era caótica: voluntarios con cascos de ciclistas y guantes improvisados removían escombros, mientras familiares esperaban noticias de seres queridos atrapados. Los gritos de “¡Hay uno!” se repetían, seguidos de un frenesí de rescate que casi siempre terminaba en frustración.

La familia Oliveros aguardaba noticias de una niña de seis años y su padre, atrapados en el sótano. “Basta de mentir de que ya la encontraron viva o muerta. Aquí seguimos esperando con fe en Dios”, decía la tía. La esperanza se extinguió el domingo, cuando se asumió que no quedaban sobrevivientes. Once cuerpos habían sido recuperados.
El gobernador de Falcón, Víctor Clark, aparecía con megáfono y cámaras, pero su presencia era cuestionada por rescatistas que exigían profesionalismo. La descoordinación reinaba entre cuerpos oficiales y voluntarios. Mientras tanto, los habitantes de Boca de Aroa se instalaban al borde de la carretera para pedir ayuda a los transeúntes. No murieron, pero quedaron huérfanos de asistencia.
Yumare, El Guayabo, Urama y Tucacas son nombres que se suman a la memoria sísmica de Venezuela. Lugares donde la vida cotidiana se interrumpió de golpe, donde el fútbol infantil en la plaza Bolívar se mezcló con el miedo, donde las cocinas y colchones rescatados de los escombros se convirtieron en símbolos de vidas truncadas.

Por su parte el gobernador del estado Yaracuy, Leonardo Intoci, ha asumido un rol activo tras los devastadores sismos del 24 de junio: supervisa personalmente los puntos de atención en Veroes, coordina la entrega de materiales de construcción y anunció la edificación inmediata de nuevas viviendas para familias con pérdida total. Su mensaje central ha sido garantizar que la ayuda llegue “con nombre y apellido” a quienes realmente lo necesitan.

Acciones concretas en Yaracuy
- Inspección de viviendas: Se han evaluado más de 3.070 casas bajo el esquema internacional de clasificación (verde, amarillo, rojo).
- 1.925 son recuperables.
- 761 presentan limitaciones.
- 242 están en riesgo.
- Plan Venezuela Renace en Yaracuy:
- Primera fase: rehabilitación de 2.686 viviendas.
- En las próximas 72 horas se iniciará la construcción de las primeras 60 casas nuevas para familias con pérdida total.
- Servicios básicos:
- Restitución de agua potable mediante bypass en redes dañadas.
- Reparación de tanques aéreos en sectores como El Chino y Agua Negra.
- Pruebas bacteriológicas para garantizar calidad del agua.
- Restablecimiento de electricidad y alumbrado público en comunidades afectadas.
- Atención social:
- Más de 2.000 personas asistidas en 1.600 visitas domiciliarias.
- Charlas informativas sobre réplicas sísmicas.
- Actividades recreativas para más de 350 niños y jóvenes.
El doblete sísmico no solo dejó muertos y ruinas: expuso la fragilidad de un Estado que llega tarde, la fuerza de comunidades que se sostienen entre sí y la paradoja de un epicentro que permaneció casi indemne mientras la costa se derrumbaba. La grieta de Palmasola es hoy más que un accidente geológico: es la metáfora de un país que se parte en dos entre la tragedia y el olvido.



