Compartir

María Ignacia, la segunda de siete hermanos, nació el 31 de julio de 1937, en el seno de un hogar yaracuyano de profunda fe. Sus padres, Julio Rafael Reyes Rivera y Ana Mercedes Oviedo de Reyes, criaron a sus hijos José de la Cruz, María Ignacia, Ana Victoria, Mario, Martha, Virginia y Vicencio en la devoción a Jesús de Nazareth. Esta tradición fue heredada de sus abuelos, el General José de la Cruz Reyes Calatayud y Camila Arteaga de Reyes, quienes veneraban una gran imagen de este Santo en su hogar, ubicado en la avenida 8 entre calles 10 y 11, de San Felipe. Con el tiempo, esta imagen comenzó a ser llevada en procesión cada Miércoles Santo en San Felipe, estado Yaracuy.La casa familiar, conocida como «La Reyera» (nombre que le dio Vicencio), era el centro de esta vivencia religiosa, un lugar donde la fe se manifestaba a diario.

Dios, se manifiesta de múltiples maneras, una de ellas entonando sublimes melodías que penetran sigilosamente los sentidos de aquellos elegidos cuya alma resuena en armonía con su divina lírica. Para algunos, esta sinfonía se convierte en la razón de su existencia, elevando sus sentimientos en la búsqueda de una paz interior profunda y serena. Tal es el caso de María Ignacia Reyes Oviedo, cuya vida es testimonio de una entrega total a la voluntad del Creador.

Julio Rafael Reyes asistía a misa todos los días y participaba en todas las devociones, un hombre de profunda convicción religiosa. Enseñó a sus hijos a ser compasivos con los enfermos y los menesterosos y era considerado como un diácono de aquella época. En su entorno familiar, la vida transcurría en un ambiente impregnado de fervor cristiano católico. La familia Reyes Oviedo solía asistir unida a la iglesia, y Julio Rafael pedía a Dios que alguno de sus hijos abrazara la vida sacerdotal o religiosa, deseo que se le cumple cuando, a temprana edad, María Ignacia sintió la llamada de Dios, una voz que resonó con tal fuerza en su interior que la impulsó a abandonar sus aspiraciones de convertirse en farmacéuta. Su vocación, germinó a los 16 años tras la visión de un Cristo crucificado.A los 19 años, dejó atrás sus deseos mundanos para seguir el camino que su corazón le dictaba.

Su viaje espiritual la llevó de San Felipe a Bogotá, donde inició su postulantado, y al año siguiente, su formación en el noviciado. El 1 de mayo de 1961, en la fiesta de San José Obrero, una festividad recién establecida en ese entonces, realizó su primera profesión de votos. Sus votos perpetuos los hizo el 11 de septiembre de 1966, día de Nuestra Señora de Coromoto, convirtiéndose en la primera monja yaracuyana. La formación que recibió en el Colegio Santo Ángel, del cual fue estudiante fundadora, contribuyó a fortalecer su vocación, ella encarna el espíritu de la congregación de las Hermanas del Ángel de la Guarda.

Nacha, como todos la conocen, debe su apodo a su tía Carmen Esther Oviedo de Soarez de Abreu, quien consideraba «feo» el nombre de María Ignacia. Paradójicamente, Nacha lo abraza con orgullo, pues su fecha de nacimiento coincide con la de San Ignacio de Loyola y honra a una querida tía paterna con el mismo nombre.

Conversar con Nacha es revivir la imagen de una joven alegre a la que le encantaban los toros coleados, el deporte ecuestre tradicional venezolano que practicaban su padre y hermanos. Disfrutaba bailar en el Country Club de San Felipe, animado muchas veces por orquestas como La Billo’s Caracas Boys y Los Melódicos. Entre sus recuerdos de infancia atesora las salidas familiares al río, donde la unión y el ejemplo de una familia sólida eran el día a día. Su padre, con su automóvil, los llevaba de viaje a Nirgua, Aroa y Yaritagua, siempre preocupado por fortalecer los lazos familiares e inculcarles el valor del servicio a los demás. Su vida fue un testimonio de transformación: de un joven fiestero y algo desordenado, se convirtió en un hombre dedicado a la lectura de vidas de santos, siendo la de San Cayetano la que más lo impactó. Desde entonces, cada “Día de San Cayetano”, la familia ofrecía un desayuno a los más necesitados.

La alegría es una característica innata en Nacha; sonríe con facilidad y su cercanía con la gente revela una gran sensibilidad humana. Su vida ha sido dedicada a la promoción de la salud integral (física, emocional y espiritual), apoyando con fervor la formación humana y cristiana, y ejerciendo la docencia durante 18 años. Disfruta de la gente graciosa y jovial, así como de los momentos de canto y convivencia. Se identifica con la figura histórica de Juana de Arco, mártir por la verdad, y expresa gratitud por la familia que tiene.

Tras 64 años lejos de su San Felipe natal, regresó brevemente en 2023 por año y medio, antes de partir a reforzar el apostolado en la comunidad de Valencia, estado Carabobo, donde se impulsan nuevos proyectos. Se marcha de su tierra una vez más, llevando su esencia y el corazón lleno de satisfacción por el Grupo Laical Ángel de la Guarda, conformado por catorce personas comprometidas que continúan viviendo el carisma de la congregación.

Cercana a cumplir 88 años de vida, su alegría desbordante y el don para conversar y compartir, continúan siendo su mayor virtud. Confiesa la dificultad que tiene de escuchar plenamente, pues el impulso de hablar es, para ella, irrefrenable. Su fluidez, elocuencia y contagiosa sonrisa hicieron de nuestra conversación una experiencia maravillosa.

Categorías:Crónicas

Yaritza Dudamell Lucena

Docente universitaria. Periodista (C.N.P. 15.501) Licenciada en Comunicación Social (Universidad Católica “Cecilio Acosta”). Esp en Gerencia Pública. MSc. Administración y Supervisión de la Educación.

You cannot copy content of this page